martes, 3 de abril de 2012

CAMINA CON NOSOTROS - (24/07/2011)


Lectura 24:13-35

¡Cuántas experiencias tuvimos cuando viajamos a algún lugar! Por corto que sea nos encontramos con algún conocido. En el caminar de todos los días pasamos por diferentes estados de ánimo. Están las cosas que nos preocupan, las que nos dan cierto miedo, las que nos alientan a seguir adelante, como también las cosas que nos causan cierto grado de despreocupación, no nos importa lo que le suceda a otros. Pero entre estas cosas y algunas más, quizás están aquellas que nos dan grandes alegrías y nos renuevan las ganas de vivir todos los días, cada uno habrá vivido estos momentos.

Pero una de las claves para todas las cosas depende de quien se encuentra a nuestro lado para ayudarnos, alentarnos y corregirnos, de lo contrario están aquellos que desean que nos veamos perjudicados y en lugar de superar las dificultades, nos hundamos en ellas. Todo depende de quien camina con nosotros o de quien permanece a nuestro lado. Tenemos el mejor compañero de ruta, Jesucristo, cuando lo tenemos a él de nuestro lado tenemos la mejor compañía.

Nuestras conversaciones manifiestan el estado de nuestra fe. Las dos personas que vemos en este pasaje estaban tristes (v.17), su estado de ánimo era evidente a los demás, estaban preocupados por lo que había pasado. Se habían negado a entender las noticias que habían recibido(v.22). Aún ni siquiera entre ellos se podían poner de acuerdo (v.15 “hablaban y discutían entre sí…).

Nuestras conversaciones nos impiden ver. ¿Alguna vez ha caminado con los ojos vendados o a oscuras? Quizás le pase que no tiene noción de ubicación de las cosas y se deja llevar por el instinto.

Imaginemos a estas dos personas, iban caminando y hablando, conversaban con Jesús pero no lo conocieron porque “sus ojos estaban velados”. Tal vez nosotros tengamos alguna experiencia similar, tenemos a Jesús a nuestro lado pero no sabemos que contamos con su compañía que nos guarda y nos protege de todo peligro (Job 42:5).

Nuestras preocupaciones niegan a las personas y en algunos casos hasta negamos a Jesús. Al manifestar una dificultad no reconocemos las condiciones de los demás, creemos ser los únicos que pasamos por ella.

Los dos hombres trataron a Jesús de ignorante, de no estar informado. Hoy, con los medios de comunicación y las redes sociales nos enteramos de todo casi al instante, y si alguien no está informado lo despreciamos. Pero Jesús quería saber lo que aquellos hombres estaban viviendo en ese momento, así como con nosotros, él quiere interrogar nuestro interior para saber cómo nos encontramos delante de él.

Debemos saber escuchar a quienes han tenido una experiencia personal. Estas personas no estaban dentro de los doce, pero sí habían seguido a Jesús en algunos momentos. Según la tradición, Cleofás, era hermano de José, el esposo de María, es decir que era el tío de Jesús. Evidentemente lo tendría que haber reconocido, pero recién después de que hubo partido el pan se dio cuenta ¿por qué? Porque tenían que escuchar hablar a Jesús. También nosotros hoy debemos saber escucharlo.

En una sociedad “tan comunicativa”, donde las palabras están por demás, permitamos que su voz haga arder nuestros corazones como en aquellas personas.

Su palabra quema toda impureza (v.32; Jeremías 20:7-9). Mientras Jesús les hablaba, dentro de ellos iba pasando algo: su voz quemaba los miedos, la tristeza, las dudas y el desánimo, e infundía valor. Había algo en él que los conmovía, su palabra había penetrado en sus corazones, por eso los hombres lo invitaron a entrar en su casa.
Su voz los alentó a ser unos más que compartieran que Jesús estaba vivo, ahora tenían su propia experiencia.

Seguramente esto les cambió la vida a estos hombres, después de estar tan confundidos tuvieron claridad, después de estar tristes se alegraron, después de estar desanimados cobraron ánimo, después de tener los ojos velados, “sus ojos les fueron abiertos”. Después de llegar de un viaje seguramente agotador, retomaron el camino para anunciar la experiencia que habían tenido. Pero aunque “Jesús desapareció de su vida” volvieron a Jerusalén con sus corazones ardientes. Jesús caminaba con ellos en la persona del Espíritu Santo, que es a quien en este tiempo debemos llevar con nosotros a donde vayamos, en nuestros corazones.

Jesús camina con nosotros.

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